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Los
OVNIs de Francisco Franco
José Lesta y Miguel Pedrero
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El
libro

Los
autores
Son conocidos investigadores del fenómeno OVNI en España.
Como reporteros han colaborado con revistas especializadas como
Enigmas, Más Allá, Año Cero o la desaparecida
Karma 7.Colaboran habitualmente en diferentes programas de radio
españoles.
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Recientemente
se ha publicado el libro
' “Franco Top Secret: esoterismo, apariciones
y sociedades ocultistas en la dictadura' (Temas de Hoy-Madrid). En
este libro, los autores, José Lesta y Miguel Pedrero, se centran
en aspectos absolutamente desconocidos de la vida de Francisco Franco
y del régimen franquista que entran de lleno en el mundo del
ocultismo y lo paranormal. A lo largo de trece capítulos, el
lector descubrirá, entre otras sorprendentes cuestiones, quien
era la vidente de Franco; las aficiones esotéricas de su familia;
a qué se debía su aversión a la masonería;
su obsesión por determinadas reliquias sagradas como el Santo
Grial, el brazo de Santa Teresa o el Santo Pañolón de
Oviedo; los secretos paganos del Valle de los Caídos; la relación
del dictador con varias sociedades ocultistas; los sueños premonitorios
del almirante Carrero Blanco; cómo el satanismo entra en España
de la mano de un diplomático franquista; las raíces
judías del dictador que con tanto ahínco pretendió
ocultar…o la relación del fenómeno ovni con la
propia persona del “Caudillo” y el Ejército español
de la época. A continuación reproducimos un extracto
de uno de los capítulos de 'Franco Top Secret' relacionado
con el tema OVNI.
Los OVNIis
que espiaron al dictador
El
sábado 18 de diciembre de 1971, en el castillo
de Mudela, situado en el municipio de Viso del Marqués
(Ciudad Real), Francisco Franco, acompañado de su
esposa Carmen Polo, su yerno, el marqués de Villaverde, y otros
insignes invitados, pasaba unas jornadas de descanso en las que, por
supuesto, no faltaron las habituales cacerías. Miembros de
la VI Compañía de la Guardia Civil vigilaban, estacionados
en cuatro puntos diferentes, los accesos al palacete. En un segundo
cinturón otros miembros de la Benemérita hacen lo propio,
distribuidos en cinco zonas.
A las once de la noche Franco y sus invitados continúan de
tertulia. Así lo indican, al menos, las luces del castillo,
que permanecen encendidas. En ese mismo momento Isidro Pradas Toledo,
guardés de la finca, sale del castillo para dirigirse a su
residencia, una casa situada a poco más de cien metros del
palacete. De repente observa en los cielos algo extraordinario, fuera
de lo normal. Así se lo contó al periodista J. J. Benítez,
reputado especialista en el estudio de los ovnis: «...de pronto,
cuando caminaba hacía mi casa, vi aquello. […] Eran cuatro
luces. Pasaron por mi vertical. Marchaban despacio y no a demasiada
altura. […] Eran silenciosas, volaban en una formación
perfecta. Dos en cabeza y otras dos atrás. La separación
entre ellas no era muy grande. […] Brillaban intensamente, con
un color blanco importante. […] Me quedé mirando embobado.
Y pasaron despacio, sin prisas. Llevaban dirección Almagro,
y las vi caer por la finca que llamamos Casa Lato. […] Y desaparecieron.
A los quince minutos, más o menos, bastante confuso retorné
al castillo. Y recuerdo que se lo comenté al conductor del
Caudillo y también a don Federico Pajares, el ingeniero. Estaban
jugando a las cartas, pero al parecer, nadie había visto nada.
[…] Entonces sucedió algo raro. [...] Franco había
solicitado un electricista. La lámpara del techo del dormitorio
acababa de fundirse, y provisto de mis herramientas subí hasta
las habitaciones del general. Doña Carmen estaba en la cama,
leyendo. Franco me pidió un destornillador e intentó
soltar los tornillos del enchufe. No fue posible. Le dije que me dejara
intentarlo. Tampoco pude. Y se fue la luz. A decir verdad, nunca entendí
aquel apagón. Total, que el Caudillo pasó su brazo por
mi hombro y comentó: “¡Qué artistas somos!”»
En su investigación del suceso, Benítez localizó
a un nuevo testigo. Cualquiera que conozca los artículos del
tenaz reportero navarro sabe que se trata de uno de los grandes periodistas
de investigación del país, a pesar de que su labor no
siempre es justamente reconocida al dedicarse a un objeto de investigación
tan evanescente como los ovnis. A pesar de ello, la seriedad de su
trabajo está fuera de toda duda. El informador de Benítez,
por entonces un capitán de la Guardia Civil que se encontraba
prestando servicios de protección al Caudillo en el interior
del palacete, decidió salir al exterior para comprobar el desarrollo
normal de las guardias. Habían pasado varias horas desde el
avistamiento de Isidro Pradas, cuando de nuevo los extraños
fenómenos aéreos se repitieron. Así lo cuenta
el protagonista: «Nada más pisar el recinto que rodea
el palacete, el cabo me salió al encuentro y dijo: “Sin
novedad, mi capitán, salvo que tenemos compañía”.
Y señaló con la cara hacía el cielo. Al seguir
la dirección indicada vi las luces. […] Eran cuatro y
aparecían inmóviles sobre nuestra vertical. […]
Dos presentaban un mayor tamaño. Eran blancas y muy brillantes.
[…] Los guardias, según me explicaron, las habían
visto llegar poco antes, y allí permanecían, silenciosas.
[…] Encendimos un cigarrillo y comentamos el asunto, sin dejar
de mirar. […] Y en eso estábamos cuando, súbitamente,
dos de las luces se hicieron más grandes, por lo que interpretamos
que habían descendido. […] Al instante se detuvieron
de nuevo […] y comentamos entre nosotros: “¿Serán
reflejos?” Al momento, como si nos hubieran oído, una
de ellas emitió un haz de luz hacia el suelo. [Entonces] los
cuatro ovnis se pusieron en movimiento, alejándose en dirección
a Madrid […] y lo hicieron a gran velocidad, sin ruido ni estampido
alguno. Desde luego volaban más rápidos que un caza.
[…] ¿Duración? Alrededor de quince o veinte minutos.
[…] El responsable era yo y no consideré oportuno llamar
a Madrid. Ignoro si el Mando de la Defensa los detectó en sus
radares. […] A la mañana siguiente lo comentamos con
el resto de la gente, y fue entonces cuando el guarda lo asoció
a lo que él había visto unas horas antes. […]
Nadie, insisto, se atrevió a decírselo al Caudillo.
Franco salió de caza y no hubo más comentarios».
¿Qué explicación puede tener este suceso? Desde
luego no podía tratarse de aparatos militares, ni de ningún
tipo de avión conocido. Las maniobras realizadas por las luces
no estaban al alcance, en esa época, de ninguna aeronave. Al
menos, de ninguna conocida. Se ha especulado con la posibilidad de
que se tratara del vuelo experimental de algún tipo de avión
militar secreto perteneciente a alguna de las dos superpotencias del
año 1971: la URSS o los Estados Unidos. ¿Acaso los objetos
voladores pretendían espiar o al menos alarmar al Caudillo?
Las preguntas surgen a cientos, pero lo cierto es que llueve sobre
mojado.
El Ejército
franquista investiga
Ya hace algún tiempo los autores nos vimos implicados
en una apasionante investigación de otro suceso ovni ocurrido
en el año 1966. Un caso que motivó un informe oficial
por parte de las autoridades militares españolas y cuya explicación
podría estar en el vuelo de un prototipo estadounidense que
realizaba labores de espionaje. Este objeto volador, por cierto, terminó
estrellándose, pero empecemos por el principio.
Nuestro informante, Juan Daniel Araoz, catedrático de instituto
y aficionado a la investigación de sucesos ovni, tuvo la oportunidad
de vivir en su Ferrol natal una experiencia que todavía recuerda
con pelos y señales. Una noche del año 1966 nuestro
testigo recibió la llamada de un amigo, el popular periodista
ferrolano José Varela Losada, conocido con el sobrenombre de
Jovalo. Al parecer le habían informado de que una extraña
luz evolucionaba sobre la vertical del astillero de Astano. «Jovalo
sabía de mi interés por los ovnis –asegura Juan
Daniel-, así que no dudó en llamarme a pesar de que
eran las tres o cuatro de la mañana. Cuando llegué,
además de Jovalo había un matrimonio mirando el objeto.
La noche era bastante clara, por lo que veíamos perfectamente
el ovni, que tenía la típica forma de platillo volante.
Era redondeado, con una pequeña cúpula, y tenía
alrededor una serie de luces rojas, azules y verdes que se encendían
y se apagaban». El avistamiento duró unos veinte minutos
hasta que el objeto se alejó lentamente hacia la zona de Bazán
para perderse posteriormente sobre la ría.
Pasados unos días, Juan Daniel se enteró de que unos
pescadores de la localidad costera de Burela habían hallado
en alta mar algunos restos de un extraño aparato. Sin perder
un segundo se acercó hacia allí para entrevistarlos:
«Eran muy reacios a hablar del asunto; sólo me contaron
que eran unos trozos grandes de algo que parecía como polispán
de color amarillo, pero que pesaba mucho. Recogieron el trozo más
grande y lo entregaron a las autoridades. Decían que debía
de ser algún aparato de los americanos, pero no daban más
explicaciones, no querían hablar del tema».
De nuevo en El Ferrol, a través de un amigo que trabajaba en
la Marina, Juan Daniel averiguó que los restos que habían
recogido los pescadores de Burela se hallaban en la base naval de
La Graña. La suerte volvió a estar de su lado, ya que
conocía a la hermana del comandante de la base, por lo que
pudo hablar directamente con el militar. «Le conté sin
rodeos todo lo que sabia sobre el caso y le pedí que me permitiera
ver los restos del ovni que tenían. El comandante me contestó
que no sabía si yo verdaderamente entendía de ovnis,
pero que me lo iba a dejar ver sólo como amigo». El comandante
llamó a otro militar que condujo a nuestro informante a través
de unos túneles construidos bajo la base naval, hasta llegar
a un recinto en el que se conservaban los restos del aparato. «Sólo
pude acercarme a un metro, aproximadamente. Tal como me relataron
los pescadores, parecía polispán y media unos cuatro
metros. Entonces, en una esquina, vi unas letras negras en las que
claramente se leía “NASA”, y debajo de estas letras
una serie de números».
Hasta aquí la narración de Juan Daniel, que presenta
un buen puñado de incógnitas. Decidimos ponernos en
contacto con los pescadores que recogieron los restos del objeto en
alta mar. No era tarea fácil, pues el tiempo transcurrido,
más de treinta años, jugaba en nuestra contra. Burela
es una bella localidad costera de la provincia de Lugo, cuya principal
fuente de ingresos es la pesca, actividad de la que de una u otra
manera viven la mayor parte de sus habitantes.
En nuestra primera incursión la suerte no nos sonrió.
Preguntamos en el ayuntamiento, la biblioteca, el puerto, los bares...
Nadie se acordaba del suceso. Sin embargo, en un viaje posterior localizamos
a la historiadora burelense Herminia Pernas, quien se interesó
por el asunto y prometió hacer algunas averiguaciones. A los
dos días recibimos una llamada. Al otro lado del hilo telefónico,
Herminia, sin poder ocultar su sorpresa, nos indicó que su
propio padre sabía algo del suceso. Y así era: Ramón
Pernas, un curtido hombre de mar, recordaba que muchos años
atrás, desde su propia embarcación, pudo observar cómo
los pescadores enrolados en el Reina María recogían
un extraño objeto de color amarillento. El siguiente paso era
localizar a los tripulantes de aquel barco.
A pesar del tiempo transcurrido, sólo uno de los marinos del
Reina María, José Fernández, accedió a
hablar con nosotros, y aun así se mostró muy reacio
durante la conversación y no cesaba de repetir que no quería
tener problemas «porque ese aparato debía de ser algo
secreto y yo no quiero meterme donde no me llaman». Recordaba,
no obstante, que hallaron los fragmentos del objeto en alta mar, a
la altura del cabo de Peñas. «Además seguro que
no hacía mucho que se había estrellado, porque todavía
desprendía humo», nos confirmó. La tripulación
del Reina María decidió seguir pescando y recoger el
fragmento más grande del aparato estrellado al día siguiente.
Lo curioso, tal como nos relataba José, «es que durante
todo ese tiempo sobre la zona en la que se encontraban los fragmentos
del objeto había un avión que volaba muy bajo dando
vueltas». El testigo nos describió el misterioso artefacto
de un modo que nos resultaba familiar: «Era como polispán
amarillento, pero pesaba unos doscientos kilos. Nos costó subirlo
al barco, y lo echamos a proa». Dentro de la estructura amarilla
José nos contó que «había algo que era
lo que pesaba. Eran como unos aparatos». Cuando finalizaron
su tarea en el mar llevaron el fragmento al puerto de La Coruña,
que era donde tenían que entregar la pesca. Allí avisaron
a las autoridades y la Comandancia de Marina se hizo cargo del hallazgo.
José Fernández no recordaba o no quería recordar
nada más y dio por finalizada la entrevista.
Según pudimos averiguar a través de algunos contactos
en el estamento militar, un camión recogió el fragmento
y lo transportó a la base naval de La Graña, que fue
donde Juan Daniel Araoz pudo observarlo durante algunos segundos.
También a través de estos mismos contactos supimos que
en el muelle de La Graña solían atracar submarinos,
incluidos algunos de la marina de guerra estadounidense. Bajo el monte
en el que se encuentra situada la base hay una serie de túneles
que van a dar a unas dependencias secretas sobre las que se ignora
absolutamente todo. Hace unos años, uno de los autores pudo
adentrarse en el túnel principal, hasta llegar a una enorme
puerta acerada que cerraba el paso. Según nuestras informaciones
este conducto se bifurca a su vez en otros, pintados de colores diferentes
dependiendo de la zona secreta a la que llevan. En cuanto a las medidas
de seguridad, en el exterior de la base hay numerosas cámaras
de vigilancia y dos alambradas rodean el recinto. Una de ellas, la
interior, está electrificada.
Si el «platillo volante» que sobrevoló el astillero
de Astano y luego se dirigió hacia el de Bazán para
perderse por la ría era de origen terrestre y más concretamente
de los Estados Unidos, ¿qué interés tenía
en sobrevolar las instalaciones de estas dos empresas armadoras de
barcos? Tras algunas averiguaciones proponemos una posible explicación:
en 1947 la Armada española comenzó a gestionar directamente
los astilleros de la Empresa Nacional Bazán. A partir de la
década de 1960 se crea el astillero de Astano como una empresa
complementaria a Bazán, y durante este periodo ambas empresas
se dedicaron a construir embarcaciones de alta tecnología.
En la época que se produce el caso que nos ocupa estaba en
pleno auge el interminable conflicto árabe-israelí,
y resulta que precisamente entre 1966 y 1970 los astilleros de Astano
y Bazán construyeron varios navíos de guerra para algunos
de los países árabes implicados en el conflicto contra
Israel. No olvidemos que el Estado hebreo es el aliado fundamental
de los Estados Unidos en la zona del Oriente Próximo, por lo
que tal vez podríamos hallarnos ante un caso de espionaje militar.
¿Poseía el ejército estadounidense un prototipo
con forma de platillo volante en la década de 1960?
El 11 de junio de 1993 un expediente ovni fechado en El Ferrol en
el año 1966 fue desclasificado y llevado, junto a otros informes,
a la Biblioteca del Cuartel General del Aire. El Mando Operativo Aéreo
(MOA) era el organismo encargado por entonces de la investigación
de los ovnis en España por mandato del Ministerio de Defensa.
El informe relata que a las 23:30 del 2 de abril de 1966, desde la
estación radio-receptora de La Carreira, situada a menos de
diez kilómetros de El Ferrol, un cabo primero electricista,
un celador y dos marineros observaron «un objeto luminoso de
luz opaca muy intensa, no reflectora, variando de forma cada cinco
minutos aproximadamente» a la izquierda del monte Campelo. El
avistamiento duró unos cuarenta y cinco minutos, y en ese tiempo
al cabo se le ocurrió coger una cámara fotográfica
y tomar una foto. En realidad, media hora antes de que el ovni fuese
avistado desde la estación de radio, ya lo había visto
un marinero que estaba de guardia en la localidad de La Jubia. Casi
con absoluta seguridad estamos ante el mismo objeto que avistó
Juan Daniel y que se estrelló en aguas del Atlántico.
Durante los años sesenta y setenta del siglo XX la cuestión
de los ovnis se convirtió en una moda en España. Prácticamente
todos los días la prensa se hacía eco de nuevos casos
de avistamientos o aterrizajes de objetos extraños. El 4 de
mayo de 1968 la embajada de los Estados Unidos en Madrid envió
un comunicado al Departamento de Estado en el que se lee que «fuentes
oficiales españolas nos informan de que no se están
realizando estudios sobre ovnis en España». Sin embargo,
no era cierto: los militares españoles llevaban meses estudiando
la cuestión de los ovnis, espoleados tanto por las informaciones
periodísticas como por algunos sucesos en los que se habían
visto implicados miembros de las fuerzas armadas. Por ejemplo, uno
de los informes desclasificados por el Ejército del Aire se
refiere a un suceso acaecido el 3 de junio de 1967. Ese día,
al caer la tarde, un avión militar T–33 detectó
la presencia sobre Talavera de la Reina (Toledo) de un objeto enorme
con forma de pirámide. Dos F–86 Sabre despegaron de la
base aérea de Torrejón de Ardoz con la intención
de interceptar al intruso. El artefacto misterioso pudo ser filmado
por uno de los Sabre, que se alejó de la zona a medida que
los cazas se aproximaban al objeto. Este suceso pudo ser el detonante
para que las autoridades estadounidenses, muy interesadas en recopilar
la máxima información sobre el fenómeno de los
ovnis, intentasen saber si el ejército español investigaba
este tipo de sucesos.
Poco después del mensaje enviado por la embajada estadounidense,
un nuevo avistamiento volvió a poner en alerta a las autoridades
españolas. El 15 de mayo, a las nueve y media de la mañana,
los radares de la defensa aérea detectaron, a unos tres kilómetros
de altura sobre Madrid, la presencia de un objeto formado por tres
cuerpos superpuestos. Poco después otro ovni fue detectado
sobre los cielos de Barcelona. Aviones de combate españoles
y estadounidenses despegaron para tratar de interceptar el aparato.
Al mismo tiempo, los pasajeros de un vuelo Málaga–París
observaron sobre La Rioja un objeto esférico del que salía
algo parecido a tres patas. Un periodista que viajaba en el avión
pudo captar con su cámara de cine el objeto, pero cuando el
vuelo tomó tierra en París -según confesaría
años más tarde este periodista- la filmación
le fue requisada por el agregado militar de la embajada española
en Francia. «O me entrega la cinta o le retiro el pasaporte»,
le dijo el militar con muy malos modos. El informe oficial del caso,
desclasificado hace algunos años por el Ejército del
Aire, se encuentra convenientemente mutilado, como muchos otros informes
que se dieron a conocer durante el proceso de desclasificación
de sucesos ovni investigados por las autoridades militares españolas.
El 5 de diciembre de 1968, cuando la aparición de objetos volantes
no identificados sobre el espacio aéreo español se encontraba
en su máximo apogeo, la oficina de prensa del Ministerio del
Aire franquista envió a los medios de prensa un comunicado
oficial en el que se dictaban unas normas de actuación que
debería seguir cualquier español ante la presencia de
un ovni. Además se explicaba que estos casos debían
ser puestos en conocimiento de la autoridad aérea más
cercana. Unos meses antes de emitir este comunicado, la revista oficial
del Ejército del Aire publicaba un documentado informe sobre
el fenómeno ovni en España. Finalmente, el último
día de 1968 el Estado Mayor del Aire elaboró unas normas
para la investigación de cualquier suceso ovni por parte de
las autoridades militares. En el informe, ya desclasificado, que tenían
que cumplimentar los testigos militares de casos OVNI, se observa
claramente el interés puesto por las autoridades militares
en el tema. Entre otras cosas, los militares implicados en este tipo
de sucesos tenían que indicar, por ejemplo, si la aparición
del ovni les causó algún tipo de efectos fisiológicos,
como quemaduras, somnolencia, vómitos, dolor de cabeza o incluso
mejoras físicas. En cuanto a los efectos mentales, los testigos
debían contestar si la presencia del objeto no identificado
produjo nada menos que distorsiones temporales o fenómenos
paranormales. Y, en fin, también debían especificar
si había habido algún encuentro con seres extraños,
ofreciendo su descripción, además de referirse a las
posibles huellas físicas de los mismos u otros efectos, como
la presencia de radioactividad.
A principios de la década de 1970 el Ejército del Aire
puso en manos del ahora coronel Antonio Munaiz Ferro-Sastre la investigación
de buena parte de los casos ovni. Su conclusión, después
de años de estudio, y según nos confirmó en persona,
es que algunos de los casos que investigó «podían
tener una explicación más o menos convencional, pero
[...] otros no. Son sucesos muy extraños, sin explicación.
Tuve la oportunidad de llevar la investigación oficial de casos
en los que los objetos aparecían en el radar y hacían
maniobras imposibles para nuestra técnica. Además había
testigos que eran militares de primera categoría».
«Ummo»,
o cuando los extraterrestres llegaron a España
En 1954 un enfermero llamado Fernando Sesma comenzó a dirigir
unas tertulias sobre el enigma de los ovnis que, tras celebrarse en
diversos lugares de la capital de España, terminaron aconteciendo
en «La Ballena Alegre», en el sótano del madrileño
Café Lión. A finales de la década, cuando estas
tertulias gozaban de una relativa popularidad, Sesma comenzó
a recibir cartas y llamadas telefónicas de unos supuestos seres
extraterrestres procedentes de un planeta del sistema solar Wolf-424,
al que esos mismos extraterrestres llamaban «Ummo». Posteriormente
no sólo Sesma, sino muchas otras personas vinculadas a éste
comenzarían a recibir cartas, informes y llamadas telefónicas
de los supuestos ummitas. Los escritos versaban sobre diversas cuestiones:
filosofía, biología, ciencia, espiritualidad, geología,
etc.
El 6 de febrero de 1966 una persona apareció dando gritos en
una finca madrileña llamada «El Regajal», situada
en el barrio de Aluche, diciendo que acababa de aterrizar un ovni.
Se trataba de José Luis Jordán Peña, psicólogo
y asistente habitual a las tertulias de «La Ballena Alegre».
Al mismo tiempo, desde la ventana de su vivienda en la cercana avenida
de Rafael Finat, un individuo llamado Vicente Ortuño aseguraba
haber divisado un objeto luminoso que parecía aterrizar y luego
elevarse. Posteriormente diversos investigadores descubrirían
que Jordán Peña y Vicente Ortuño eran íntimos
amigos, pero antes varias personas se acercaron hasta la finca «El
Regajal» y, en el lugar del supuesto aterrizaje del OVNI, encontraron
una serie de huellas muy profundas. Pronto la noticia del aterrizaje
se filtró a la prensa a través del periodista Antonio
San José y durante varios días los periódicos
no cesaron de comentar el suceso. En esas mismas fechas Sesma recibió
un escrito en el que los ummitas le confirman que una nave suya había
tomado tierra en Aluche.
El 1 de junio de 1967 Jordán Peña hace llegar al periodista
San José una serie de fotografías tomadas en la localidad
de San José de Valderas, próxima a Madrid, y también
al barrio de Aluche, en las que se aprecia la presencia de un platillo
volante con una especie de «H» sobre su fuselaje. Se trataba,
precisamente, del símbolo que utilizaban los ummitas en las
cartas que enviaban a Sesma y a otras personas. Por si fuera poco,
en el lugar del aterrizaje aparecieron unas láminas y tubos
hechos de un material desconocido, también con el símbolo
de Ummo. Unos días antes Sesma recibió una nueva misiva
en la que los ummitas le anunciaban que pronto una nave extraterrestre
llegaría a la Tierra. Para cientos, e incluso miles de españoles
aficionados a los ovnis, no cabía la menor duda: los extraterrestres
habían llegado a la Tierra, y en concreto a España.
El asunto no terminó aquí. Durante los años siguientes
cada vez más y más personas, incluidos algunos especialistas
franceses, empezaron a recibir cartas y comunicaciones de los ummitas.
Más tarde aparecerán los primeros libros monográficos
dedicados al enigma de Ummo, obras en las que se analizaba la información
científica y de todo tipo recibida de estos presuntos alienígenas.
Estudiosos de enorme prestigio, como el astrofísico francés
Jean Pierre Petit, se jugarían su credibilidad escribiendo
libros y dictando conferencias sobre el asunto. A finales de la década
de 1970 el asunto Ummo era de sobra conocido fuera de nuestras fronteras,
y se llegaron a editar libros sobre el misterio de los ummitas en
Japón, Canadá, Italia, Francia, Argentina, Rumania y
otros muchos países. Incluso se llegaron a construir hospitales
basados en las enseñanzas médicas de los ummitas.
Habría que esperar al año 1993 para que se descubriera
parte de la verdad que se ocultaba en este cada vez más intrincado
fenómeno. Tal y como muchos investigadores ya sospechaban,
todo era un fraude, y finalmente José Luis Jordán Peña
se declaró autor del colosal engaño. Jordán declaró
que, como muchos intuían, él mismo se había encargado
de redactar durante más de treinta años las cartas que
los supuestos ummitas enviaban a sus contactos humanos. Para simular
la voz de los ummitas en sus llamadas telefónicas a Sesma y
compañía «utilizaba un aparato distorsionador
eléctrico que me fabriqué yo mismo, y que daba a mi
voz o a cualquiera que lo usase, una apariencia metálica y
gangosa». En cuanto al avistamiento de Aluche, declaró
que fue él, junto a dos amigos, el que fabricó las huellas
utilizando un molde de plástico que enterraron a gran profundidad.
Después quemaron la huella y dejaron tierra radiactiva a su
alrededor. «Me sorprendió a mí mismo -confesaría
Jordán- entrevistar a gente de Aluche que decía haber
visto el ovni que yo mismo me había inventado».
El psicólogo madrileño también fue responsable
del falso ovni fotografiado en San José de Valderas: «Utilizamos
una maqueta colgada de un hilo de nylon muy delgado, con una velocidad
de obturación muy rápida, 1/1000, para que el platillo
y el fondo de la foto saliesen más o menos igual de enfocados
y el platillo pareciese más grande». El propio Jordán,
que disponía de un laboratorio, reveló las fotos, forzando
el proceso químico y el gránulo de emulsión para
hacer aun más invisible el hilo. Después seleccionó
las mejores instantáneas, para lo cual tuvo que cortar los
negativos, pues en algunas tomas se podían ver sus manos o
las de sus cómplices sosteniendo la maqueta. De este modo,
envió unos negativos sueltos al periodista Antonio San José,
en vez de la típica tira. En cuanto a los materiales de procedencia
extraterrestre con el símbolo de Ummo hallados en las inmediaciones
de San José de Valderas eran en realidad «unas tiras
de plástico que la NASA utilizaba para las juntas de sus cohetes
y que me había facilitado un amigo norteamericano de la NASA
que estaba en España. En nuestro país se conocía
el cloruro de polivinilo, pero no el fluoruro, que era lo yo utilicé.
En estos plásticos imprimí el símbolo de Ummo
con un troquel que me había hecho», acabó confesando
Jordán Peña.
La finalidad de toda esta mentira era, en palabras de su creador,
«un estudio sociológico de gran envergadura para averiguar
hasta qué punto se pueden manipular las creencias de una masa
de gente». Jordán declaró hace algunos años
al investigador Manuel Carballal que estaba profundamente arrepentido
de «crear un experimento inmoral que se ha vuelto contra mi
persona». Y es que sectas peligrosas como Edelweiss o los Amigos
de los Hermanos de Ummo utilizaron los informes y las fotos de San
José de Valderas para crear sus propios grupos de culto.
Años antes de que Jordán Peña confesara su mentira
un buen número de investigadores no sólo ya le señalaban
como creador del timo de Ummo, sino que estaban convencidos de que
en algún momento determinado de toda esta historia, el CESID,
es decir, el servicio secreto español, interfirió en
su desarrollo. En este sentido el conocido investigador Javier Sierra
declaró: «Creo que el CESID intentó averiguar
si podía utilizar las cartas ummitas para enviar mensajes cifrados
que, de ser interceptados, no serían tratados en serio por
tratarse de cartas escritas por marcianos. Pero creo que esa intervención
del CESID fue esporádica».
Lo que sí parece claro es que Jordán Peña entabló
contacto al menos en una ocasión con agentes del CESID, tal
como él mismo ha reconocido en varias ocasiones. Estas declaraciones
se vieron corroboradas por Juan Alberto Perote, ex-director de los
agentes operativos del servicio secreto español. En una entrevista
concedida al programa radiofónico «Mundo Misterioso»,
Perote reconoció que dos agentes a su cargo se entrevistaron
en una ocasión con Jordán.
Por otro lado, el investigador Manuel Carballal obtuvo importantes
informaciones sobre la relación entre los servicios secretos
españoles en la época franquista y los seguidores del
asunto Ummo. Según los datos obtenidos por Carballal de dos
agentes en activo, el SECED (servicio secreto fundado por Carrero
Blanco y antecesor del CESID) introdujo al menos un topo en las reuniones
que Sesma comandaba en «La Ballena Alegre». Y, al parecer,
el entonces ministro de Asuntos Exteriores pidió al SECED que
le mantuviera al corriente de cualquier noticia sobre Ummo que tuviera
lugar en el exterior del país. Esto es comprensible teniendo
en cuenta que las autoridades de la época estaban convencidas
de que detrás de toda la historia de Ummo podía existir
una operación de inteligencia diseñada por una potencia
extranjera. No debemos olvidar tampoco que en «La Ballena Alegre»
se reunían para hablar sobre el misterio de Ummo policías,
militares, médicos, intelectuales y hasta miembros de embajadas
extranjeras, una situación que, sin duda, necesitaba tener
controlada el gobierno franquista.
Según informaciones obtenidas de diversas fuentes, el espionaje
español guarda un voluminoso informe sobre Jordán Peña
y Ummo titulado «Apocalipsis». En este documento se guarda
información sobre sectas, movimientos religiosos o apariciones
de ovnis que pudiesen afectar a la seguridad nacional o servir de
tapadera para la infiltración de agentes extranjeros en España.
Según hemos llegado a saber, el actual CNI, sucesor del CESID,
mantiene informes sobre un buen número de sectas asentadas
en nuestro país que pudieron servir como puerta de entrada
para agentes extranjeros.
Lo cierto es que en torno al fenómeno ovni, sobre todo en la
época del franquismo, quedan un montón de interrogantes
por responder. Incluso con respecto al asunto Ummo, algunos periodistas
creen que Jordán Peña fue manipulado por el KGB. Lo
cierto es que los mensajes ummitas destilaban cierto aire filocomunista,
llegando a poner como ejemplos para el género humano a personajes
como Ernesto Che Guevara, Karl Marx o Helder Cámara. Por otro
lado, los ummitas jamás mostraron simpatía por los Estados
Unidos, culpando en algunas de sus cartas a la CIA de ser la responsable,
por ejemplo, del surgimiento del SIDA. Llama también la atención
que en 1989 la agencia de prensa soviética Tass sorprendiera
al mundo anunciando que un platillo volante con el símbolo
de Ummo había tomado tierra en la localidad de Voronez. Este
suceso se convirtió en portada de todos los medios de comunicación
occidentales durante varios días, pues suponía que el
gobierno soviético reconocía públicamente que
una nave extraterrestre había tomado tierra en un emplazamiento
de la URSS. Posteriormente se descubrió que, si bien algo extraño
había sucedido en Voronez, lo del emblema de Ummo en el platillo
volante era una invención. Todavía hoy muchos nos preguntamos
por qué el gobierno soviético, que entonces se encontraba
ya en las últimas, otorgó tanta importancia al aterrizaje
de Voronez y, sobre todo, por qué mintió respecto al
símbolo ummita. ¿Acaso pretendía el KGB revivir
todo el engaño de Ummo? Y si era así, ¿con qué
fin?
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