| ................. |
UNA REFLEXIÓN SOBRE EL TERROR

36215
NIÑOS
No fue la noticia del día, pero ocurrió. Hubo
llanto, dolor y muerte, pero las cámaras apuntaban
en otra dirección. Sus representantes, si
es que los tienen, no enviarán ninguna ofensiva para
alcanzar la 'Justicia Infinita', ni los políticos de
ningún país guardaron ni siquiera un
minuto de silencio. No se resintió la bolsa, ni las
fluctuaciones de euro y el dólar fueron consecuencia
de su muerte.
La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura
y la Alimentación, estima que el 11 de septiembre,
el día de los atentados,
murieron de hambre nada menos que 35.615 niños. La
mayoría de ellos vivían en los países
pobres, aunque algunos también en las calles
de las grandes ciudades occidentales.
Y esta cifra terrorífica se repitió al día
siguiente y al otro. Incluso hoy murieron otros tantos, sin
que se haya determinado una solución
para acabar definitivamente con esta situación.
Seguramente nadie se sentará en el banquillo de ningún
tribunal para responder ante la justicia por estas muertes.
No habrá acusaciones
de genocidio ni de 'crímenes contra la humanidad'.
Ni tan siquiera habrá un 'chivo expiatorio' a quien
responsabilizar de estos crímenes,
que no son ni mucho menos, algo nuevo en la historia de ese
animal al que llamamos 'humano'.
Afortunadamente hay personas sensibilizadas que trabajan en
la medida de sus posibilidades para remediar esta situación,
aunque solo
sea poniendo parches. Quizá toda esta manifestación
de barbarie pueda solucionarse en los despachos de quienes
manejan el mundo a su
antojo. Pero a juzgar por lo que se ve, no saldrá de
ellos la iniciativa.
Carlos
Fernández
|
Daniel López
Desgraciado
día el 11 de setiembre, la sinrazón volvió
a cobrarse vidas inocentes, sueños que quedaron truncos, proyectos,
luchas y sentimientos que hoy alimentan los basamentos de la eternidad,
humedecidos por una lagrima interminable derramada por la justicia.
Son miles de almas que prevalecerán en la memoria de sus seres
amados y en la conciencia ineludible de los pueblos.
Nadie puede justificar tanto horror demente, tanta fobia a la vida,
tal desprecio insensato por el derecho a la existencia.
Un minuto de silencio no bastará para rendirles homenaje, ni
el silencio en sí dará alguna utilidad a su sacrificio.
Si en el nombre de esas víctimas sobreviene la justicia, ¡bienvenida!
Pero si ese listado horroroso de muertos edifica los cimientos de una
tragedia tanto más grande como absurda debemos, en memoria de
ellos, reflexionar antes de actuar.
Por eso, y solo por eso, Gaceta Ovni llama la atención de sus
lectores para una profunda reflexión sobre la paz y sus paladines,
porque ninguna tragedia humana puede alentar el defender la civilización
con el método de los incivilizados.
Lo que creímos era justo el 10 de setiembre sigue siéndolo
el 12. El mundo no cambió por el atentado, solo tomó conciencia
repentina de lo que es la realidad y por donde pasa. Y debemos aprender
su inexorable lección por el deber de honrar la vida, cualquiera
esta sea, cristiana, judía o musulmana.
EL DÍA DEL ATENTADO
No debe existir en los anales periodísticos ni testimoniales
unas imágenes tan expresivas y aterradoras como las del ataque
a las Torres Gemelas. Tampoco tiene parangón el número
de civiles inocentes que cobró el atentado, y mucho menos un
efecto tan devastador, masivo y mediático como el sacudón
que dio a la sensibilidad colectiva el ver en directo el golpe terrorista
más grave de la historia mientras ocurría.
Todo tuvo enorme escala, incluso el lugar donde ocurrió, la nación
más poderosa de la Tierra. Es inevitable que el impacto mundial
detuviera por unas horas el reloj de la historia.
Parece que el efecto inmediato, el contragolpe, también es de
enorme escala. Al acto terrorista sigue el intento por una coalición
de naciones que puede promover nada menos que la primer gran guerra
de este nuevo milenio.
Esta respuesta y su segura contraparte ha de ponernos al borde de unas
acciones de violencia que pueden multiplicar el horror del día
once geométricamente.
No hay dudas de ello, las naciones se aprestan a minimizar sus consecuencias,
el contragolpe puede aparecer en cualquier sitio, la tecnología,
aliada o enemiga ( ambas se producen en las mismas fábricas),
facilita el producir alocadas matanzas y destrucción si no se
bate a los terroristas de un primer golpe.
La lucha parece demente, en un escenario irreal, los ejércitos
del mundo contra un solo hombre secundado por un puñado de fanáticos,
y sin embargo nadie garantiza que ese solitario fantasma pueda atacar
una calle, un cine, una ciudad entera.
Todo resulta desproporcionado, incongruente, y no hay manera de escapar
a la locura de tan funesta profecía. ¨O se está con
los EE.UU. o se está con el terrorismo.¨
¿Es de extremistas dudar de esta postura? Si se va a conducir
al genero humano a un enfrentamiento imprevisible y peligroso ¿por
qué evitar el análisis de causas y consecuencias? ¿
Que pretende encubrir este axioma impuesto, que los que apuestan a la
az son tan peligrosos como los fundamentalistas?
Prestas las fuerzas militares y terroristas a producir bajas en las
poblaciones civiles de todo el mundo parecen no aceptar divergencias
ni contraopiniones. Es la metodología del dogmatismo: no estar
con una cosa es estar en contra de ella. Nos preguntamos si la postura
de la paz jamás se hubiese rendido ante los intereses egoístas
¿estaríamos hoy al borde de uno de los mayores conflictos
de la historia humana?.
Sigue siendo derecho del individuo frecuentar el análisis para
comprender en que marco de referencia se afecta su propio destino, y
solo la claridad que de ello emana puede aconsejarnos sobre los pasos
a seguir.
El fanatismo de los terroristas, ciegos como son, no va en saga de las
políticas que los engendraron por intereses económicos
únicamente, y lo peor de todo puede resultar que algunos se embanderen
con la sangre derramada, tras la devastación del espíritu
de las sociedades, para sacar algún provecho que termine por
oscurecer el ya de por sí negro panorama del presente.
Y peor sería descubrir en esa enmarañada trama que alguien,
una vez, en un momento de lucidez, pudo evitar esta tragedia y no lo
hizo con la sola intención de su conveniencia.
Tomamos el derecho a la reflexión, aunque tenga su precio.
EL MANANTIAL DEL TERROR
A pocos importó y casi nada en el siglo 19 que las áridas
y desoladas tierras del actual oriente islámico fueran un páramo
de pobreza, apenas un sendero ineludible para el comercio, el colonialismo
y las ambiciones expansionistas de unos pocos pueblos o naciones. Los
¨arabes¨ como se llama genéricamente a los musulmanes,
no tenían mayor interés para las potencias económicas
que el de sus pocas riquezas y rentables habitantes por algún
juego geopolítico o tráfico libre aquí y allá.
La ruta de la seda fue posteriormente la ruta del opio, de la heroína
hasta hoy día.
Si vale la comparación eran estos territorios a los imperios
y potencias de entonces lo que son ahora los países pobres del
África a las naciones industrializadas, salvo, como dijimos,
por la potencialidad del opio.
Pero un día el mundo se dio cuenta que el petróleo podía
movilizar la mayor maquinaria económica del globo, y que los
mayores y mas ricos yacimientos estaban bajo los pies de jeques y beduinos
tan desmerecidos por la civilización occidental.
Poco vale explicar ahora de que medios se valieron las grandes corporaciones
petroleras y de que manera influyeron las cancillerías y las
acciones de inteligencia occidentales para obtener fácil acceso
a las riquezas del oro negro, favoreciendo a unos pocos y dejando rezagados
a casi todos los habitantes de esas regiones que viven todavía
entre los más bajos niveles de vida, con altísimos índices
de precariedad, mortalidad infantil y analfabetismo.
Las políticas exteriores de las potencias jamás fueron
generosas ni contemplativas con la región y siempre la condenaron
a formar parte forzada del ajedrez económico, donde los magnates
petroleros movían sus piezas según les conviniera.
Toda expansión sobre el oriente medio, centro sur de Asia, donde
se concentran gran número de naciones islámicas, ha tenido
como excusa la explotación de riquezas únicamente.
Claro que esa política jamás se mostró interesada
en los temas sociales, o los peligros inherentes a las postergaciones
por el solo hecho de preservar una situación maleable, típico
y recurrente cuadro de muchos protectorados ingleses en aquellas latitudes.
La expoliación de riquezas, el desinterés por los crecientes
conflictos sociales, y la malignidad de los intereses financieros, estrujando
una esponja negra sin reparos morales ni previsiones, alguna vez iban
a explotar.
EL CUERNO DE LA ABUNDANCIA
La intimidante avanzada soviética sobre los territorios del sur
de Asia se motorizaron merced al conocimiento de los potencialmente
ricos yacimientos en gas, petróleo y minas principalmente, y
dado que estas riquezas naturales eran generadoras de suculentas divisas
no solo integraron en forma protagónica la estrategia de anexiones
de la ex Unión Soviética sino de los principales Estados
Occidentales que por la presión de sus magnates impulsaron políticas
tan peligrosas y devastadoras que solo en la imaginación podían
tener consecuencias tan desastrosas como las del presente.
Kazakistan, Uzbekistan, Turmenistán, Tadajikstan, son territorios
que forman un anillo potencialmente rico junto a Pakistán, Afganistán,
Irán e Irak a los ojos ambiciosos de las compañías
petroleras y de los intereses que hasta hace unas pocas décadas
colisionaban dando cuerpo a los dos polos del conflicto internacional
entre el Oriente comunista y Occidente capitalista.
Por mucho tiempo los líderes soviéticos pretendieron conquistar
este sector del Asia para contraponerse al mismo dominio que los Estados
Unidos e Inglaterra también ambicionaban.
Turmenistán, por ejemplo, produce hoy día nada menos que
el 30% del gas que consume Europa, una verdadera fuente de abundancia.
Y poseer el control irrestricto del anillo antes mencionado sería
igual a manejar buena parte de todo el poderío económico
del mundo en temas de gas, petróleo y todos sus derivados industriales.
Fue este uno de los motivos por el cual la ex Unión Soviética
invadió el otrora protectorado inglés de Afganistán.
Esto fue una verdadera tragedia para las proyecciones económicas
y financieras de Occidente pues podría ser continuación
de una escalada de anexiones capaces de pasar de manos el control de
los recursos de toda la región, por eso los Estados Unidos fue
responsable se insuflar el mecanismo que hoy tiene en vilo al mundo
entero.
EL FUNDAMENTALISMO
El fundamentalismo islámico representaba una corriente extremista
cuyas motivaciones principales pueden entenderse en la prosecución
de dos de sus variados objetivos: el destierro del estado de Israel
de suelo santo, y la expulsión de toda fuerza extranjera que
ofenda su religión merced al colonialismo, a las invasiones de
sus pueblos y a todo síntoma de control militar o económico,
respuesta generada por la presión de los intereses antes nombrados.
El fundamentalismo fue un interesante recurso para la Agencia Central
de Inteligencia (CIA) en su estrategia de enfrentar a la Unión
Soviética, principalmente a partir del 1979 en que se produce
la invasión a Afganistán.
Ese fanatismo en ciernes podía servir de marco adecuado para
una contraofensiva militar a modo de guerrilla capaz de detener el avance
rojo sin necesidad de una oposición abiertamente militar de ningún
país de occidente. Por esta razón la CIA tomó la
bandera de la Jihad, o Guerra Santa, como excusa para movilizar una
resistencia ya no local sino islámica en toda la región.
Esta elocuentemente documentado el peligroso juego en el que se involucraron
las agencias de inteligencia norteamericanas en su propio territorio.
En Brooklin existían dependencias solventadas por ellos para
el reclutamiento y el adiestramiento de fundamentalistas islámicos
que luego serían puestos en los campos de refugiados afganos
de Pakistán y de allí ingresados a Afganistán donde
integrarían las fuerzas de resistencia.
Estas acciones correspondían a una política de manipulación
de las relaciones con medio oriente cuyo tino dudoso ya había
demostrado fallas colosales.
La instauración del gobierno de Sadam Huseím en Irak fue
para contrarrestar la poderosa oposición de Irán con el
liderazgo de un ortodoxo religioso que había destronado al gobierno
títere de Reza Palhevi, generando otro polo de tensión
internacional, finalmente promotor de la Guerra del Golfo con su consecuente
operación Tormenta del Desierto. Claro está que ese movimiento
tenía razones económicas principalmente, y con el mismo
hedor a petróleo.
La estrategia por sumar partidarios islámicos en suelo americano
y recolectar fondos públicos para la Jihad fue impulsada en 38
ciudades estadounidenses con la coordinación de agentes de la
CIA y líderes musulmanes que alentaban el espíritu de
integración entre los pueblos del Islam.
Y los, por entonces, magnates petroleros de origen árabe, se
relacionaron de modo ¨intimo¨ con sus colegas occidentales,
quienes aportaron buena parte de los fondos para la formación
del ejército afgano que enfrentó durante casi una década
al poderío soviético. Es que muchos jeques adinerados
y florecientes empresarios musulmanes se integraron al mundo de las
finanzas mundiales instaurando en la competencia comercial a sus propios
imperios económicos.
Pakistán fue cabeza de playa para insuflar la oposición
afgana contra los soviéticos, generando en su propio suelo un
modelo de gobierno religioso en el exilio bautizado como El Talibán.
Los Talibanes eran líderes religiosos, militares y políticos
que comandaban las acciones de resistencia, y en 1989, con la definitiva
expulsión de las tropas de ocupación y los posteriores
conflictos internos por el gobierno de la pos guerra, tomaron el control
de la nación, con el reconocimiento oficial de Pakistán
únicamente. Es que los Talibanes representaban una visión
contraria y xenofóbica respecto de occidente, y no tardaron mucho
en volverse en contra de quienes habían financiado su gestación
armada, los propios EE.UU.
LAS RAMIFICACIONES
DE LA TRAGEDIA
Tan increíble como fue el ataque al World Trade Center fue la
rapidez con que las cadenas televisivas nombraban un instigador y responsable
que aún no se había adjudicado el crimen.
Osama Bin Ladén, otro magnate árabe, cabeza de un grupo
fundamentalista con base en Afganistán, hijo de una numerosa
cuan poderosa familia Saudita, era acusado de provocar o tramar el ataque
suicida al propio corazón económico y defensivo de la
nación más poderosa del mundo.
Pero lo que nadie sospechaba es la relación que Bin Ladén
tenía con las operaciones negras en el oriente Islámico,
a modo de un Frankenstein norteamericano alzado contra su creador.
El Padre de Osama Bin Laden fue importante empresario saudita, dueño
de fabricas, empresas y acciones repartidas en muchas de las más
importantes firmas internacionales, y cuyos fondos operan aún
hoy en 50 países.
Este ignoto y no menos acaudalado árabe estaba relacionado a
la familia Bush (la del actual presidente) en el negocio del petróleo,
y fue de los más importante socios de los Bush en la ¨Arbusto¨,
una petrolera también interesada en expulsar a los soviéticos
de Afganistán. El padre de Osama habría muerto ¨casualmente¨
en un accidente aéreo en el estado de Texas luego de mantener
una reunión con Bush padre (quien fuera además de presidente,
director de la CIA).
Osama Bin Laden estuvo estrechamente relacionado con la CIA durante
las operaciones de Afganistán, habría solventado económicamente
a los Talibanes y financiado operaciones terroristas que se extendieron
más allá de ese local conflicto.
Es más, sus acciones operaban en Wall Stret hasta poco después
del atentado, y muchos de los más prestigiosos bancos de Occidente
guardaban sus dineros.
Propietario junto con su familia de empresas tales como IRIDIUM de comunicaciones,
o de la principal fuente de Goma Arábiga (producto industrialmente
utilizado para la fabricación de difundidas marcas de gaseosas),
en Sudan, Osama Bin Laden estuvo y está íntimamente ligado
a la política de inteligencia, al mundo de la economía
y a las operaciones más oscuras del gobierno norteamericano.
Es tan turbio este escenario que las empresas de Bin Laden habrían
amasado fortunas luego de la apertura de la bolsa en Wall Stret días
después del atentado
Todo esto hace pensar que el combate contra el terrorismo impulsado
por la potencia del norte debe primero mostrar una coherencia política
en su propio campo de acción.
EL MUNDO EN GUERRA
Pero el escenario de esta nueva coalición presenta un entorno
turbio tan peligroso como el terrorismo.
La imperiosa necesidad de identificar a un enemigo concreto, aunque
sea en concepto generalizado, se enfrenta a la falta de una transparencia
y finalidad clara de parte de sus impulsores que son causas de muchas
dudas todavía.
No hay un enemigo con rostro, a pesar que Bin Laden muestre su cara
entre los diez asesinos peligrosos más buscados del mundo. Eliminarlo
a él no es lo mismo que eliminar un fundamentalismo que puede
expresarse de muchas formas.
La coalición que propulsa el gobierno norteamericano ejerciendo
presiones sobre aliados y simpatizantes, parece una respuesta desmedida
ante la pobre perspectiva de unos suicidas perdidos en el desierto.
Para ello se movilizó una fuerza militar inusitada en comparación
al pobre y hambreado territorio que intenta invadir. Se reconoce que
el ejercito del Taliban es un grupo sin entrenamiento y pobremente armado
como para soportar unas horas de ataques masivos.
Pero no es este endeble ejército lo que preocupa a la comunidad
internacional sino las fuerzas terroristas cuyo número sigue
siendo incierto, y cuyas células pueden estar operando en varios
paises del mundo.
Esto puede gestar un conflicto impredecible al obligar a los suicidas
a inmolarse nuevamente como represalia en cualquier parte del mundo,
sin que las acciones tomadas por la coalición sean una efectiva
herramienta para negar recursos y financiamiento a los extremistas.
Es más, una escalada militar en territorio afgano podría
resultar inútil porque Osama Bin Laden puede huir de la justicia
como lo hizo hasta ahora, con el mismo inquietante legajo de conducta
que desde hace tiempo se le conoce.
Una respuesta, una contra respuesta, y una respuesta de la contra respuesta
amenazan poner a la humanidad en medio de un conflicto extendido, impredecible,
y genocida, y si como se dice, el enemigo posee armas de exterminio
masivo, podría resultar un costo demasiado elevado, demasiado
caro a la especie humana.
Por el contrario, el terror no es el método para enfrentar al
terrorismo porque este es su medio. Nada se logra con acorralar al fanático
sino ensalzar su odio y el de quienes lo secundan.
Estos terroristas que condena el mundo son héroes y patriotas
para millones de musulmanes, lo que demuestra a todas luces que hay
algo más en el fondo de la cuestión que locura y ceguera
únicamente.
Lo peor de todo es que puede enfrascarse al mundo en un período
de oscuridad terrorista cuyo trasfondo sigue los patrones ignominiosos
de todas las guerras: la conveniencia.
TRAS BAMBALINAS
¿Quienes son los responsables de este atentado?
Por lo que orillamos en esta reflexión hay varios.
Uno es el propio terrorismo, nefasto, condenable; otro es la política
que engendró y capacitó a ese terrorismo, y otro menos
visible es el mundo de los negocios, el de los intereses, el de las
conveniencias siempre insatisfechas que no se permiten reglas de moralidad
mínimas para alcanzar sus objetivos en un puzzle internacional
donde hacen valer todo.
Los intereses de los que hablamos ya vienen produciendo cientos de miles
de muertos en el mundo a causa de mantener su supremacía y su
paso libre sobre suelos promisorios utilizando a los pueblos a su antojo,
poniendo gobernantes fanáticos en el poder que luego se dan vuelta,
privilegiando la importancia de un pozo de petróleo por la del
pueblo que sobre su superficie vive, contando las divisas que deja el
colosal negocio de la heroína que solventa, según el tiempo,
la vida fácil y el vicio de terroristas, traficantes y señores
de las altas finanzas mundiales.
Una guerra contra un fantasma parece incongruente si no se ven con un
poco de precisión las consecuencias de su intentona. Aún
jamás encontraran a Bin Laden, o si ciertamente lo ajusticiaran,
de todos modos se derrocaría al Gobierno de los extremistas talibanes
para extender sobre el desierto los ductos de gas y de petróleo.
Una vez consumada la conquista, presurosos marcharían a reclamar
participación los magnates, y tras cartón, extendiendo
sus fronteras de acción, el impresionante aparato armamentista
justificaría una época dorada de grandes inversiones fabricando
más armas, más pertrechos y mayor tecnología en
un nuevo conflicto de seguridad mundial.
Ahora tenemos que hacernos la pregunta ¿quienes se benefician
con los atentados?: todos, los victimarios y las supuestas víctimas,
no aquellos que murieron en las torres sino los vivos, los impulsores
de las políticas económicas que ejecutan los países
centrales sin importar su costo en vidas.
Y si volvemos a preguntarnos quienes son los responsables, podríamos
deslizar una sospecha tentadora, dolorosa, fundamental ¿pudieron
evitar esta orgía de sangre?
Muchos analistas ven como imposible la magnitud de esta tragedia en
el corazón del poder del mundo, y esto se sustenta en las tremendas
fallas, en las dudas, en la falta de respuestas a muchos porqués
a partir del día once, y lo más grave de todo es que habrían
signos, advertencias, medidas no tomadas, sistemas que no funcionaron
y que podrían haber evitado cuando menos el altísimo número
de víctimas, el segundo choque o el ataque al Pentágono.
Tras esas muertes se ha edificado la excusa que faltaba para meter mano
de lleno en todo aquel territorio, pletórico de recursos y colosales
negocios.
Pero hay otro punto del que poco se habla, y es la intención
de Bin Laden y buena parte de los líderes musulmanes ortodoxos
de fundar el Gran Califato Musulmán. Nos referimos a la integración
bajo un mismo liderazgo de todos los territorios musulmanes en el mundo.
La iniciativa quita el sueño a occidente, y el fundamentalismo
así como los pueblos oprimidos de oriente, ven con buenos ojos
esta posibilidad, lo que significaría un nuevo y dramático
polo de poder en el mundo, contestatario, rebelde, insometible, calamidad
económica que haría retroceder hasta el abismo a inversionistas
y empresarios enteramente comprometidos al trabajo en la región.
Este enorme Califato que ocuparía el hipotético territorio
de Kazakistan, Uzbekistan, Turmenistán, Tadajikstan, Pakistán,
Afganistán, Irán, Irak, Sudan, Arabia, y otros tantos
podría justificar la búsqueda de una excusa para intervenir
la región y perseguir a sus ideólogos, posicionándose
militarmente e instaurando un definitivo control del ¨mundo civilizado¨.
Es probable que los atentados, previsibles o no, dieran por fin motivo
para detener a Bin Laden y su sangrienta carrera, o a los musulmanes
con su pretensión integracionista.
Como sea, la futura acción de los grandes poderes mundiales esta
vez puede generar contrarespuestas criminales por parte de los fundamentalistas,
y no sobre un par de edificios sino en cualquier sitio.
Ya comenzaron las hostilidades, sabemos como empezó, lo que nadie
sabe es como va a continuar, y lo que es más inquietante, como
va a terminar.
Muy a pesar de la superioridad de la coalición, es sabido que
Afganistán resistió exitosamente las ocupaciones inglesa
y soviética, y que esta incursión militar se prevé
segura por el factor táctico y tecnológico. Sin embargo
la otra coalición, la unión espiritual de los musulmanes
llamados a la Jihad puede significar un duro revés para las potencias
tomando visos de verdadera conflagración universal, imprevisible
por el terrorismo como arma y por la extensión de la lucha y
sus elevados costos económicos y humanos, fundamentalmente.
Puede que el ataque ya perpetrado sobre suelo afgano haya sido un acto
de imprudencia geopolítica y que de ahora en más el arma
del terror modifique substancialmente nuestras vidas.
No nos preguntaron que queríamos hacer como pueblos, nos arrinconaron
a una alternativa falsa, y muchos líderes están preocupados
porque las acciones militares no atienden la verdadera batalla que las
grandes potencias deben encarar.
Esa batalla es contra la desigualdad creciente, contra el hambre, las
miserias, las enormes carencias, las presiones económicas sobre
la pobreza y el desinterés, sobre las políticas exteriores
de los estados en naciones indefensas.
Esta batalla ideal acabaría con el 90% de todas las motivaciones
violentas y dejarían sin prosperidad ni futuro a los fanáticos,
a los enajenados, a los peligrosos que, basándose en las penurias
ajenas llevan agua para su molino.
Pero para ello debieran sincerarse como nunca y decirnos la verdad sobre
lo que es visible en la televisión.
¿Nos dicen la verdad? Evidentemente no, pero ya que de ahora
en más nuestras vidas están condicionadas a las acciones
militares y dementes de uno y otro bando podemos asumir el derecho de
preguntar ¿hasta donde nos llevarán? ¿Cuando la
vida de un individuo será más valiosa que una idea fanática,
un pozo de petróleo o una cuenta bancaria?
Esta debiera ser una lucha no contra el terrorismo sino por una nueva
escala de valores en las dirigencias internacionales.
En un mundo coherente los violentos mueren de soledad.
|